Redactando el 8 de marzo

Mira sentada en una silla el mar,
ha terminado la pelea que sin motivo se ha iniciado;
con ojos ensangrentados y hartos de llorar
pide al cielo que la libre, que la deje escapar.
Las manos no se mueven, ya nos las siente
y se deja llevar por el murmullo del mar
que llora por ella en silencio, sin que se entere.
El cielo la regala un atardecer
y ella no piensa, se queda quieta,
suspira…
Ya no puede seguir así, pero todavía tiene fuerzas
para vivir y entrar en la cueva del lobo.
Vive de pensamientos ocultos
que manan de heridas abiertas;
vive huyendo como un fugitivo,
como un ladrón que persigue la policía.
Mira sentada en una silla al mar
y le pide un deseo, muy bajito…
Cierra los ojos y camina por su cuenta,
aparecen peleas, gritos y lamentos…
Anochece, las estrellas la observan,
Saben por qué llora, la cantan
desde el cielo una melodía extraña…
Es una esmeralda llena de valor, pura de alma,
estela blanca que rodea el paraíso,
lucero del alba que tiñes el
amanecer de violeta, eres libre,
das la vida, pensadora…
Mira sentada en una silla al mar,
ya no respira, se deja llevar,
se va lejos, a un lugar de espejos que reflejan
su amargura,
suspira…
Y sin que nadie se entere, se la lleva
el bramido de las olas del mar.
Hace unos días fui convocado como jurado de sendos concursos de redacción y dibujo para conmemorar el 8 de marzo. No compartí el veredicto de ninguno de los dos, algo razonable. Cuando propusimos nuestros favoritos en la sección literaria me quedé perplejo. Llevaba uno como claro ganador y rellené mis preferencias con disertaciones “correctitas” sobre el día en cuestión. Ninguno de mis tres compañeros/as de jurado había reparado siquiera en mi indubitada preferencia: “¿No os ha llamado la atención ése que…?”, espeté contrariado. “En fin, bueno, sí, tal, pascual…” Vamos, que no. Abrí el debate. No hubo manera ni de que lo tomaran en consideración. Elegimos uno de los “correctitos”, para mi gusto, tampoco el más “correctito”. Esto ya no era razonable, quizás factible, pero no razonable. Lo peor fue la justificación a mi vehemente: “Este trabajo posee una calidad literaria muy por encima del siguiente en la lista. Es muy superior”. Quizá, contestaron, pero hay que leerlo en los actos al efecto ante un auditorio repleto de mujeres y tal vez no se entienda bien. Me rendí, probablemente fue el jurado quien no supo entenderlo.
Este 8 de marzo, mi homenaje a las mujeres y, en especial, a las mujeres que se retratan en el escrito, corre por cuenta de una niña de 12 años con un grado de sensibilidad que la hace “ininteligible”.
El dibujo lo adjuntaba al margen del folio decorando su relato y he respetado íntegramente el texto y su distribución. Enhorabuena, artista.
