El debate

Dicen que lo vieron 163000 personas y yo no sé si eso es mucho, poco o todo lo contrario, por tanto, tampoco puedo evaluar si realmente su utilidad es mucha, poca o todo lo contrario. Uno cree que los partidos mayoritarios tienen sus bolsas de votantes perfectamente estructuradas y que son los indecisos, una inmensa minoría, los que decantan la balanza hacia un lado o el otro y de lo que seguro, no tengo la más remota idea, es de la cantidad de éstos que había entre los 163000 que nos sentamos delante de la tele que tenemos todos los extremeños para mayor gloria del régimen. De haber muchos y de ser éstos permeables a lo que allí se escuchó, Floriano y Casco habrán arañado un buen puñado de votos, cada uno en función de las tendencias, y Vara tendrá que trabajar duro en lo que queda de campaña para convencer a los que defraudó.
En el aburridísimo y gris formato que eligió la tele pública, Casco fue el mejor, su dialéctica la más sólida, los tiempos perfectamente medidos, sin emociones, eso sí, muy correcto, con el discurso comprensible, sin alardes de erudición, un par de repeticiones pero el mejor estructurado, otra cosa es el mensaje, pero evalúo la puesta en escena, el mensaje está en los papelitos y, quien diga lo contrario miente, estas cosas llamadas debates no valen para contraponer mensajes, sino para ver cómo se defienden.
Floriano empezó fatal, el primer minuto fue nefasto, vacilante, cautivo de un papelito que parecía huyese a su comprensión, se fue rehaciendo y terminó la primera intervención con más pena que gloria. Pero se enmendó y fue el que aportó al debate lo que supongo ha de demandarse a eventos de este tipo: la mordacidad, el envite al adversario, la contraposición de las ideas… recordó a Vara su tránsito ideológico y de qué manera se produjo ¡claro! normal. Fue amonestado por una moderadora excedente de celo profesional o de directrices del régimen y salió airoso, ágil, con cintura. Fue, quizás, el único que se creyó lo del debate y en ello se empleó. Si no habló como Casco, interpretó mejor que éste y dio sensación de creerse lo que decía. Abusó de ciertas sonrisas entre ajenas y burlonas, desconcertantes y pintó demasiado oscuro, casi siniestro, embutiendo su natural bronceado y cabellos brunos en traje y corbata marinos.
A Vara hay que reconocerle un acto de valentía. Tenía poco que ganar y no sé cuánto que perder, pero seguro que más que ganar, porque Vara, creo yo –mal que me pesa- y también lo cree él, tiene ganadas estas elecciones. Hablaba el último como deferencia a su condición de “campeón”, le colocaron en el medio, como si de un podio se tratase, y vistió a juego, en perfecta conjunción cromática con el escenario que les acogía. Ahí acabaron las ventajas del socialista. Vara se demostró infinitamente peor orador que sus contertulios –si aquello puede considerarse tertulia-, con un discurso inconsistente, sin capacidad de reacción, se puso serio, mohíno y tontorrón para justificar sus vaivenes de militancia con un discursete zangolotino para consumo de incondicionales o de terapia de grupo para chavales de primero de la ESO, tiró de supuestas anécdotas, justificó su apoyo a la refinería con un no menos supuesto correo electrónico y la creación de empleo como único argumentario, no entró a los trapos que le tendieron y, como sola justificación tangible del trabajo de sus asesores –que deberían haberlo dejado al minuto de terminar el programa-, esgrimió tres o cuatro tópicos y frases hechas y diseñadas para la ocasión calamitosamente interpretadas.
Pero, lógicamente, ganó Vara, segundo quedó Floriano y tercero Casco. Las encuestas dicen que así están las cosas, así es que así habrá acabado también el debate en el que no se debatió.
