Las jóvenas feministas y el sexismo en el lenguaje
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Hay chorradas travestidas en supuestos ideales nobles que no dejan de sorprender a uno, más que por su esencia –hay gente pa tó–, por su trascendencia –la supuesta nobleza de la causa puede conducir a efectos perniciosos incalculables en la España inane que sobrevivimos–. Analicemos el cartel de las jóvenas –manda uebos, Federico– feministas:
En el manido antagonismo zorro-zorra, desgraciadamente para las exegetas del sexismo lingüístico, el paroxismo de la negatividad del término se alcanza en el superlativo masculino: zorrón, con lo que la misma lengua toma venganza de la disparidad de género denunciada. Cierto es que el zorrón seguirá siendo una mujer, pero eso se escapa al objeto de la denuncia de las jóvenas.
Encuentro acertado el binomio marido-mujer, por considerarlo más conveniente que sus equivalentes esposo-esposa o marido-señora que, ignoro otros tiempos que no viví, hoy revelan una afectación poco común en el lenguaje ordinario, una cursilería quizá algo pretenciosa en quien los utiliza –tengo un amigo que, cuando refiere a su mujer, lo hace como su bella y joven esposa en tono irónico, sin que por ello deje de considerarla como tal–. Mi mujer, señoras miembras de colectivos tan horteramente denominados, es mi compañera, mi amante, mi amiga, la administradora de nuestra casa y de mis sentimientos, la de nuestros escasos bienes, la madre de mis hijos, la que me sufre y me disfruta, la que me reprocha y me reprende o me jalea y me felicita, mi mujer es mi mujer por decisión propia y por propia decisión puede dejar de serlo, ya invoque yo a los dioses del Olimpo o a tres generaciones atrás de los Pompeyo con más redaños. La mujer de uno, como el marido de la otra, no es sólo un estado civil ni implica posesión, ya sea del cuerpo o de la vida y actos de quien ostenta tal título. La mujer de uno y el marido de la otra conforman un compromiso de amor pleno sin resquicios a planteamientos lingüísticos de escaso fuste, sin concesiones a directrices de la forma grotesca, sin rebuscados complejos sin argumento de quien, quizás, no tenga marido …ni mujera.
A partir de aquí se pierde el seso en la confusión a la que lleva el sectarismo que guía estas comparaciones. Un soltero o una soltera de oro, como un solterón o una solterona son lo mismo en uno u otro género y tantos los segundos pueden ser afortunados por estar solos –si así lo han decidido– como los primeros pueden andar faltos de afectos a pesar de sus patrimonios; ligones y ligonas se procuran cariños y arrumacos del sexo opuesto o el propio, según tendencias, sin otra connotación que las que los unos o las otras quieran disponer en sus estrategias; y a la genialidad del cojonudo se contrapone la flojera del cojonazos ¡coño! con el coñazo de las jóvenas miembras de estas organismas tan inútilas.
Si hubieran formulado que Vela es un tránsfugo, lo mismo hasta me adhiero a esta anarrosaquintanada tan progre y políticamente correcta, pero de momento, lo que es un soberano coñazo, lo seguirá siendo mañana.
Según consta en el impreso, idean: Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres y Colectivo de Jóvenas Feministas (sic) y colabora la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de Córdoba.

